Know your enemy
2004-07-02 @ 14:29
Yo no sé tú, pero a mi lo que más me interesa no es lo que ya sé, lo que ya opino, lo que ya creo. No. Para mí más fuerte que la curiosidad intelectual es la curiosidad antropológica, que imagino que es una mezcla de morbo, pasmo y diversión. Cuando aparece algún freak en la tele y lo veo yo me pregunto por su historia, su niñez y qué extrañas fuerzas lo han llevado a convertirse en lo que es. Me interesa mucho saber hasta dónde es capaz de llegar la gente, cuánto cinismo (en el caso de las famosas "auténticas") o falta de pudor es capaz de atesorar una persona (humana).
La misma perspectiva aplico al respecto del ENEMIGO. Me encanta ajustar cuentas creyéndome Justiman, ya lo sabeis, y hacerme el estupendo rajando aquí y allá sobre cómo piensa, cómo actúa, cómo se peina, cómo viste, cómo compra, cómo miente. En especial me recreo fijándome en las señales que El Maligno deja entre nosotros casi sin que podamos advertirlas. ¿Cómo sobrevivir así sin ser un intenso o un puril?. Pues no sé, supongo que con sentido del humor.
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Esto que copio y pego a continuación no entra siquera en terreno enemigo (lo he sacado de mis frecuentes expediciones al Otro Lado de la Fuerza) porque es tan tosco y amazing que resulta flipante y divertidísimo, en el terreno de lo directamente freak. Porque yo no soy nada de la intolerancia y del desgarro humano.
Se trata de un artículo de La Razón escrito por la locutora Cristina López Schlichting, que ocupa las tardes de la Cope recogiendo el cancerígeno testigo de aquella ponzoñosa mortaja llamada Encarna Sánchez:
"La mayor hipocresía de los representantes del lobby rosa estriba en fingirse perfectamente felices. La vida es difícil para todos, también para los homosexuales. Ahora que el Gobierno va a aprobar los matrimonios entre personas del mismo sexo yo me voy a poner políticamente incorrecta. Porque estoy harta de recibir en mi programa de COPE cartas como ésta: «Hola Cristina, me llamo y vivo en Soy seropositivo y el origen de mi enfermedad está en mis tendencias homosexuales, que sólo me han producido una infelicidad profunda. Hace 21 años que sufro esta inclinación, que le aseguro es muy difícil de sobrellevar». No me considero autorizada para transcribir el resto de la misiva, en la que mi oyente describe su tristeza y la conclusión a la que ha llegado: «Seguid adelante sin cejar y luchad contra la igualación entre los matrimonios homosexuales y heterosexuales». En este tipo de correspondencia se menciona el culto al cuerpo de ciertos ambientes gays, el egoísmo y la promiscuidad de muchos homosexuales que sólo gozan físicamente de los otros; la soledad de quien, con mayor sensibilidad, busca una compañía para la vida y se pregunta por su sentido. ¿Por qué nadie cuenta estas cosas? ¿Por qué no se dice que un porcentaje alarmante de los consumidores de porno infantil son varones homosexuales, como certifica la fundación italiana Arcobaleno, que hace años desmontó una gran red comercial en Internet? Se habla mucho de los curas norteamericanos pedófilos, ¿por qué nadie subraya que sólo una minoría abusó de niñas? Determinados grupos de presión están vendiendo la imagen del gay sano, joven, guapo y sensible, e incluso se aventuran a decir que un niño estará mejor con una pareja gay que con otra heterosexual que lo maltrate. ¿Es que los homosexuales no maltratan? ¿Es que la homosexualidad libera del pecado original? Hace años que trabajo con niños de acogida y entre los mayores dramas de un niño o una niña está haber carecido de figura paterna o materna. Los niños necesitan un padre y una madre. Toda la psicología moderna, desde Freud, ha comprobado este principio que ahora se quiere anular en virtud de un mito que define a los homosexuales como gente pacífica, completa y amorosa sólo por el hecho de verse atraídos por personas de su mismo sexo. La homosexualidad se da, es un hecho, pero no tiene por qué convertirse en un icono social ni en una alternativa más. Es absurdo que un adolescente intente acostarse con su mejor amigo sólo porque se siente atraído por él y el profe le dice que «tiene» que ser gay. La adolescencia es un momento de tensión afectiva y de indefinición sexual, pero los nuevos modelos educativos incitan a «elegir», a «probar», generando caminos sin retorno y verdaderos dramas humanos. Allá Zapatero y su responsabilidad, pero yo no pienso alentar silencios culpables. Aunque sólo sea por estas cartas valientes que llegan solitarias a mi despacho.
Como diría la desaparecida en combate Patispsycho (ya te vale, tía): pa mear y no echar gota.
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